Telar por Karina Teruel
Roma. No sé por qué siempre quiso viajar a Roma. En días como hoy pienso y creo que eso nos separó. Su obsesión, su capricho. En todos lados escribía esa palabra. A cada rato me lo decía. Roma, Roma, Roma. Yo no entendía qué había ahí que le interesara tanto. No tenía familiares. No era antropólogo o historiador ávido de conocer una cultura diferente y, lo peor, me lo reclamaba, me pedía a gritos que jamás se verbalizaban más allá de una mirada casi suplicante, que yo también lo pronunciara. Como si detrás de ese signo se escondiera el motivo por el que estábamos juntos.
Para mí no era importante. No es que no pudiera ceder en conocer un lugar. Pero después de tres años de noviazgo me atemorizaba un poco tal paranoia. Además yo ya conocía Roma y no me había parecido la gran cosa. Lo que sí me parece sorprendente es la lluvia de ahora. Y en días como hoy, como siempre que hay tormenta, pienso en la relación que perdí. Y mientras me evado entre recuerdos veo que el viento que se cuela por la ventana abierta arroja al piso mi estampita de San Agustín.
Es cuando la voy a levantar que empiezo: tía, tina, gusta, atún, sin, gas, gusta, tus. Y entre Agustín (así se llamaba mi novio, ¿será finalmente que todas son señales?) y las palabras me acuerdo de cuando tenía 10 años. Estaba por tomar la comunión, ¿cómo olvidarlo? El catecismo era ley en mi familia y la verdad, a mi me encantaba.
Lo que no me divertía tanto era ir a misa. No es que no me gustara, pero me distraía. Me acuerdo de una en particular. Era por pascuas. Fui con mi hermano. Yo tenía un juego, era tonto, pero era mío. Jugaba a hacer anagramas con toda palabra que me cruzara por ahí o que de alguna u otra forma, llegara a mis oídos. No importaba que no usara todas las letras, ése era el desafío mayor pero lo otro valía. Como si pudiera sumar 15 aún sin hacer escoba. Debajo del Cristo que se elevaba por sobre el altar (cuántas posiciones en una sola frase) una frase rezaba (¿qué más podía hacer allí ubicada?) “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y yo empezaba: pared, red, dar, era, are, rea, pera, don, lona, onda, los, asno, que, ore, besan, cena. Y al final, me perdía de toda la reflexión eclesiástica, pero me divertía muchísimo.
Me había pasado en todas las instancias de mi vida. El juego era casi como una obsesión. Siempre me había llamado mucho la atención el increíble resultado de cambiar el orden de las letras. Pensar en roba y en abro, (algo que te quitan y algo que dejas entrar); en besar y saber (como si el amor y el conocimiento fueran inexorablemente, la misma cosa); caoba y acabo (como si el fin pudiera finalmente, tener un color). Y en todo eso pensaba yo cuando tenía que hacer una composición sobre los pecados capitales o la vida de algún santo, los sacramentos, mandamientos y demás cosas. Todavía me veo ahí sentada luchando contra la consigna en ese torbellino de combinaciones que invadían mi mente como una araña que teje un telar…de letra(s).
Sacudiendo la estampita, como quien quita el polvo de un estante o quien despierta de un sueño que bien pudo ser un recuerdo, vuelvo a mi presente. El ritmo del agua no cesa, “caé (s)”; esas fueron las palabras que me pronunció Agustín (no el santo, mi ex) la última vez que nos vimos: -“¿Caés en la cuenta? Si en esta relación para vos no hay Roma yo no puedo seguir. Todo lo demás no me llena. Yo te di (id) todo (doto) lo que tenía en mi alma (mala)…” Había dicho más cosas Agus pero no puedo recordarlas, solo recuerdo que yo no podía dejar de jugar mi juego.
Ahora que la lluvia se detuvo y se escuchan un par de pájaros a lo lejos me veo hacia adelante, donde me lleva el sol. Muy lejos, siendo abuela de unos nietos que no me dio Agustín, juego al Scrabel con ellos (al final no era tan mía la idea si alguien antes no sólo lo había pensado sino que lo había patentado para la venta de ocio en la mesa). Ahí, dentro de cuarenta años lo entenderé todo. Cuando uno de mis nietos escriba Roma, yo le diré que no valen los nombres propios en las reglas del tablero y el alegará, como un niño que quiere “zafar” y no perder los puntos ni el turno, que entonces dice “amor”. Y en ese momento entenderé.